Comisario 2007

Castellote

ALEJANDRO CASTELLOTE. USOS CONTEMPORÁNEOS

Ya hace unos años que la máxima aspiración de la cultura contemporánea -concretamente de sus expresiones visuales- no es el arte. Haciendo un ejercicio de reduccionismo, podríamos decir que más bien el objetivo se dirige hacia la comunicación. Un contenedor en el que puede vivir el arte como realquilado, pero no es desde luego su único ocupante.

Ahí encontramos la fotografía vernácula rescatada de los archivos familiares o locales, que modifica su estatus de documento con la adición de una capa de tiempo, y por tanto de historia, que es susceptible de habitar también los museos. Esas imágenes ya no sólo contienen mera información, incluyen la memoria semántica colectiva y la individual. Pero esa no fue su intención original. En el fondo, se trata de una revisión encubierta de la historia del arte, y especialmente la de la fotografía, que ha construido una burbuja endogámica en la que todo discurre en función de las técnicas, los estilos y las temáticas. ¿Dónde queda el contexto político y social?

La primera edición de GETXOPHOTO presenta simultáneamente algunos de los usos contemporáneos de los materiales visuales: la puesta en valor social de los archivos de fotografía vernácula, la reflexión crítica sobre periodos históricos donde la violencia ha pervertido las relaciones sociales -hablo de Perú-; el acceso a la autorrepresentación por parte de colectivos marginales que han sido tradicionalmente sujetos de estereotipos visuales y desde el otro lado: cómo miramos a las poblaciones consideradas “exóticas” o a nuestros vecinos; finalmente, algunas fotografías que suelen habitar las colecciones de los museos de arte contemporáneo en su condición de piezas “casi” únicas, son reproducidas en soportes que las desnudan de su valor objetual para concentrarse en su capacidad comunicativa. La decisión de incluir todas estas modalidades en una categoría tan reductiva como la del arte pasa voluntariamente a un segundo plano.

La salida a la calle de las imágenes no supone el descubrimiento del Mediterráneo, se lleva haciendo durante décadas en soportes
publicitarios y, desde que la tecnología lo permite, se multiplican las muestras de fotografía que ocupan lugares públicos o aquellos reservados a la publicidad. Contemplar esa presencia como algo derivado de las nuevas tecnologías de impresión es tan simple e inexacto como vincular la presencia de Robert Capa en la guerra civil española a la versatilidad que ofrecían las pequeñas cámaras Leicas de paso universal. Salir del museo no sólo es una desdramatización de su estatus, también supone la reconsideración crítica de esos espacios, ahora elitistas, que nacieron con el espíritu de ofrecer a los ciudadanos un lugar para el disfrute del arte. Dicho en términos que pueden resultar cercanos a la demagogia, estamos ante un proceso democratizador. Un concepto bien conocido por la fotografía y por sus historiadores, los oficiales y los apócrifos. La democratización de las imágenes, gracias a las cámaras para aficionados y los laboratorios profesionales, supuso en la segunda mitad del siglo XX un cambio sustancial en las conductas y en los ritos sociales.