Comisario 2008

Castellote

ALEJANDRO CASTELLOTE

“El fenómeno fundamental de la Edad Moderna es la conquista del mundo como imagen”, dice el filósofo alemán Martin Heidegger. Una de las obsesiones del hombre moderno parece ser la búsqueda de un territorio de solidez, de respuestas absolutas a las interrogantes de orden metafísico. Pero ese punto de apoyo no lo ha encontrado en la realidad misma, sino en su doble artificial, en su reproducción simbólica, en la imagen. La fotografía quiso ofrecer ese espacio mítico donde encontraría sustento una visión sólida de la realidad y, no es de extrañar que, en sus orígenes decimonónicos, la función documental e indicial se convirtiera en paradigma de la naturaleza de la fotografía.

En este nuevo siglo las transformaciones, las mutaciones y las reconfiguraciones son los signos de nuestro tiempo. Las nuevas tecnologías han modificado sustancialmente el modo de relacionarnos, el acceso a la información y la circulación de las ideas. Pero también nuestra relación con la representación de la realidad se ha modificado. La realidad, así como la verdad, han dejado de ser términos hegemónicos y se han convertido en conceptos sujetos a consenso. Quizá por ello, la fotografía también ha revisado sus aspiraciones de objetividad y está ofreciendo en nuestros días una mirada sobre lo real centrada en lo impreciso y lo intermedio, abordada a menudo desde el simulacro, la ficción o la puesta en escena. Ese sería el caso de la obra del chino Wang Qingsong, escenificaciones que cuestionan la utopía de la felicidad que ofrecen las religiones y los proyectos políticos. También Marcos López se sirve de la teatralidad de la puesta en escena para reflexionar sobre la fragilidad de las apariencias y la desmedida importancia de la imagen en la sociedad contemporánea.

El alma de la fotografía es la construcción de la representación, de ahí que los fotógrafos contemporáneos reconfiguren su visión del mundo a través de imágenes inciertas, ambiguas y polisémicas; transparentando la inestabilidad y la fragilidad del pensamiento contemporáneo. Sammy Baloji propone una relectura del pasado colonial a la luz del presente. La huella de la explotación, visible a través de las fotografías de la época, se mantiene en los trabajadores que ocupan los puestos de los esclavos en la actualidad, evidenciando que la opresión tan sólo ha adoptado estrategias diferentes.

Del mismo modo que Marx pronosticaba que la historia se escribe primero como tragedia y después como farsa, el arte del siglo XXI parece corresponderse con esa predicción y aporta construcciones, escenificaciones del mundo, donde puede parecer que se impone la estética o el sarcasmo por encima de las ideologías, y las reflexiones y contradicciones proliferan más que las afirmaciones. Jorge Rueda ilustró en los años setenta, desde el histrionismo formal presente en sus fotomontajes, este tránsito de la tragedia a la farsa en la historia de España. Dionisio González se sirve también de manipulaciones, en su caso generando digitalmente volúmenes en tres dimensiones, para opinar sobre las áreas urbanas que se extienden en los márgenes de una megaurbe como São Paulo, en donde se yuxtapone la arquitectura vernácula y humilde de las favelas con la relumbrante textura de los edificios contemporáneos. Las ciudades son un tema omnipresente entre los artistas contemporáneos de todo el mundo. Las fotografías son fragmentos de esa realidad que tanto nos cuesta consensuar; no es extraño que José Ignacio Lobo Altuna haya optado por fragmentar en imágenes la plaza del barrio de Las Arenas, donde vivió durante muchos años, para hablar de las transformaciones que han tenido lugar ahí a lo largo de veinte años.

Julio Bittencourt realiza un mosaico de los personajes cotidianos que habitan en uno de los edificios de su ciudad –São Paulo– con la mayor ocupación de inmigrantes procedentes de todo el mundo. En el otro extremo del espectro social, el argentino Esteban Pastorino inventa cámaras imposibles a la manera del siglo XIX. Encuentra a los protagonistas de sus imágenes en todas las ciudades del planeta. Por su parte, Ananké Asseff presenta una serie de retratos que, en forma de tipologías, nos hablan de la paranoia sobre la delincuencia que asalta a las clases acomodadas de Buenos Aires. La extraordinaria proliferación de armas de pequeño calibre sirve para ilustrar el pánico ante la escalada de violencia surgida tras la caída del presidente Carlos Menem, y la extrema crisis económica que su proyecto político generó en Argentina.

La fotografía rinde tributo a las apariencias y la sociedad contemporánea ha elevado ese concepto a la categoría de paradigma; hasta el punto de desarrollar tecnologías susceptibles de manipular las apariencias a voluntad, subrayando esa percepción de que vivimos en un tiempo consagrado a la superficialidad
y, consiguientemente, profuso en artificialidades. Las fotografías de Miguel Trillo resaltan precisamente los códigos tribales que se esconden tras las apariencias de los grupos de jóvenes que integran las tribus urbanas. Escenificar nuestras aspiraciones de pertenencia social es lo que Philip Kwame Apagya pone a disposición de la gente en su estudio fotográfico. Kwame reemplaza los escenarios cotidianos de sus clientes por fondos pintados en los que se teatraliza la modernidad, el deseo colectivo de cambiar la apariencia exterior de nuestra existencia.

El cambio que experimentan nuestros rostros y nuestros cuerpos ha sido objeto de años de seguimiento fotográfico por parte de Pere Formiguera. También él se ha servido de las tipologías como instrumento visual para mostrar el paso del tiempo. Sin embargo, la peruana Cecilia Paredes se sirve de su propio cuerpo como superficie sobre la que escenificar las fantásticas transformaciones que forman parte de su particular imaginario privado.

Precisamente en estos años, en los que predominan las preguntas y escasean las respuestas, los artistas visuales están explorando cómo representar un tiempo donde la virtualidad se ha instalado como otra dimensión de lo cotidiano. Preguntas que salen a nuestro encuentro ante los retratos de simios de Fernando Maquieira; retratos inquietantes que desprenden, ternura, simpatía y un hálito de irrealidad dado el gesto casi humano que exhiben. Finalmente, Gonzalo Azumendi apuesta por una mirada optimista hacia nuestra sociedad, sirviéndose del humor para afirmar su idea de un mundo mezclado y tolerante.