Comisario 2011

frank-Kalero&Isaac-Niemand

Homo senex

El drama de la vejez no consiste en ser viejo, sino en haber sido joven.
Oscar Wilde

Todos sabemos reconocer a un viejo en la calle, incluso una persona de 65 años es capaz de hablar de otra de 85 como una persona vieja, excluyéndose él mismo de esa clasificación. ¿Cuándo es uno viejo? Depende de para qué. Se trata más bien de una acotación individual, pero que al igual que el período de edad permitido para conducir, debe ser definido para ser administrado.

Distensión muscular, pérdida de agudeza visual, degeneración de estructuras óseas, pérdida de la líbido, demencia senil, disociación de ideas, hipertensión. El que se examina en el espejo cada mañana y sólo ve nuevos estragos sobre su cuerpo, a la larga padecerá gerontofobia. La definen como el miedo irracional a hacerse viejo, cuando en realidad es de lo más racional. Envejecer y morir, un axioma universal, aún nos sigue pillando por sorpresa.

Hasta hoy en día, el cumplir 65 años se ha convertido en el momento oficial del cese de trabajo porque al parecer nos transformamos en seres poco productivos para la sociedad. Esta definición nos convierte en una herramienta del sistema de producción. Hace un siglo no existían problemas de jubilación pues pocas personas llegaban hasta los 65 años. Las duras condiciones de trabajo se encargaban de eliminar a la clase obrera y las enfermedades a la burguesía. No era necesario entender o mejorar las condiciones de vida de la tercera edad. Ahora, no sólo hay más ancianos sino que éstos viven mucho más. Lo cual se interpreta como un dato positivo desde la perspectiva de lo políticamente correcto, pero visto desde la pragmática biológica puede considerarse como un lastre para la especie. Ante este panorama, es necesario distinguir entre esperanza de vida y esperanza de vida libre de incapacidad. Llegar a los 90 años a base de cócteles químicos, innumerables visitas al médico, operaciones y oraciones, no es algo que pueda ser descrito como esperanza de vida, ya que ni hay esperanza ni, mucho menos, vida.

El interés por comprender la tercera edad comienza tras la Segunda Guerra Mundial. Mejoras médicas y sociales invierten la pirámide demográfica. El estado se preocupa por readaptar a los que abandonan su rol productivo. Después de jubilarse, los hay que viven hasta treinta años más, es éste por otra parte, un jugoso mercado para toda una nueva serie de servicios. Y así es cómo envejecen los viejos. Para formar a un viejo se necesitan unos veinte años, de los sesenta a los ochenta, justo cuando aparece el arcus senilis, el anillo que surge alrededor de la córnea, que parece ser el signo universal de la vejez. Son veinte años para encontrar la paz interior y abrazar la muerte.

Aceptar la jubilación de un modo resignado y conformista puede ser un error. Habrá quienes lleven décadas soñando con no levantarse a las seis de la mañana. Pero son muchos los que desean seguir siendo útiles y se ven de repente con un animador sociocultural enseñándoles a danzar bailes de salón con ancianas obesas y abuelos cojos. Tiempo libre y grandes expectativas que no se sabe cómo canalizar. Y es ahí donde entra en juego el monstruo de la segunda oportunidad. Viajar, aprender, amar; todo ello con un cuerpo ya decadente que no se corresponde con las expectativas que se esperan alcanzar.

El investigador y científico Sergei Voronoff implantaba pedazos de testículo de mono a sus pacientes para rejuvenecerlos. En 1930 se contaban por miles los pudientes con gónadas de mono paseando por Europa, convencidos de tener los testículos remojados en la fuente de la eterna juventud. Paradoja de nuestra época: cuando somos jóvenes invertimos nuestra salud en hacer dinero; cuando viejos, gastamos ese dinero en recuperar la salud y la juventud perdida.

Los ancianos sumidos en una ataraxia estoica, que no es más que el sendero del buda, ya sea de manera consciente o inconsciente, entienden esa edad como un tiempo de equilibro, serenidad y aceptación. Platón argumentaba que liberado ya de las pasiones juveniles, uno se puede entregar a los placeres del espíritu. Para Aristóteles por el contrario, la vejez es pura decadencia y en absoluto garantía de sabiduría, pues habrán viejos estúpidos al igual que lo eran de jóvenes. El homo senex actual tiende hacia esta ultima visión, la aristotélica: la mayoría llegan a la tercera edad sin un espíritu que alimentar, sólo con una cabeza conectada al televisor. Y ello se produce porque en la sociedad actual la vejez se omite, y se relega a toda suerte de residencias, convirtiendo muy ardua la tarea de envejecer con dignidad.

Ser viejo no es bueno o malo, no es un estado encomiable, es simplemente inevitable y forma parte de nuestra identidad biológica. En esta edición de GETXOPHOTO queremos mostrar muy diversas facetas de esta período vital universal que es sistematicamente ignorado por los medios de comunicación, como si ignorarlo fuese algo así el secreto de la inmortalidad. Otro aspecto importante que debemos subrayar es que la tercera edad aquí expuesta es la del estado de bienestar. Conviene recordar que una gran parte del planeta sigue inmersa en una economía de pura subsistencia, en la que no existen ni jubilación ni bailes de salón, pero donde, paradójicamente, se envejece con mayor dignidad.

Frank Kalero

Licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y Master en Fotografía Documental por el International Center of Photography de Nueva York. Fue residente en Fabrica de Benetton (Italia), ha sido fundador y director de la revista OjodePez (España) y se encargó de implantar la revista Vice Brasil desde Sao Paulo. Fue cofundador de la galería de arte Invaliden1 y en el 2009 funda la revista de arte The world according to, ambas en Berlín. En 2010 dirige el Photo Meeting de Barcelona y funda Punctum, una nueva revista de fotografía para todos los países del continente asiático. Vive en Berlín. Es comisario de GETXOPHOTO desde 2010.